sábado, 30 de agosto de 2008

Ser tanto de algo

Una vez escribí un relato sobre un chico que iba a una peluquería. No era la peluquería a la que solía ir porque no estaba en su ciudad. Era una peluquería cualquiera, de una ciudad cualquiera. Así que allí estaba él con un señor que no conocía de nada que le cortaba el pelo y le contaba que había sido linier de fútbol en primera división hacía no sabía cuántos años. El chico se lo imaginó más joven, más delgado (ahora tendría como sesenta años y estaba bien orondo) y con un banderín entre las manos en vez de peine y tijeras. De negro y estiradísimo, se divirtió pensando cómo puede terminar un linier de primera división trabajando de peluquero. Trató de conectar las profesiones, pero por más que pudo le fue imposible relacionarlas. Un peluquero y un linier no tienen nada que ver. Ni siquiera para las mentes más perversas capaces de todo.

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Por el acento del chico al hablar, el peluquero notó que era del sur. Hablaron de fútbol. Hablaron del equipo de la ciudad del chico. ¿Te gusta el fútbol?, le preguntó el peluquero. Sí, bastante; mira, precisamente soy aficionado del equipo de mi ciudad. El peluquero habló entonces de sus visitas como juez de línea al estadio donde jugaba ese equipo, al mismo estadio al que el chico había ido acompañado por su abuelo cada dos domingos durante muchas temporadas desde hacía muchos años. El peluquero tenía una memoria prodigiosa, señaló infinidad de detalles referentes al equipo y su entorno que dejaron al chico con la boca abierta: jugadores y entrenadores que sonaban míticos, en qué barrio se situaba el campo de juego, los títulos que había conseguido desde tiempos inmemoriales y todo eso. El chico se sentía muy a gusto y escuchaba atentamente al peluquero mientras le cortaba el pelo en una ciudad lejana a la suya, mucho más fría y donde seguro que apenas una o dos personas habrían visitado alguna vez el estadio al que él iba con tanta frecuencia. La charla le hacía sentir bien.

Continuaron hablando de fútbol y del equipo preferido del chico. El peluquero aludió en mitad de la conversación a la presión que, según su experiencia como árbitro asistente, se sometía a los árbitros en ese estadio. Contaba que era una presión excepcional, inusitada en otros estadios y muy molesta. El peluquero le contó al chico una anécdota que le ocurrió en aquel estadio. Recordó que hacía muchos años, en el transcurso de un partido, levantó el banderín señalando fuera de juego en una jugada de ataque del equipo local. La masa enfureció ante la decisión del árbitro de cortar el juego en ese momento tan cercano a lo que sería el 1-0 (pasado ya el minuto ochenta de partido).

- Cincuentamil almas gritando y echándote el aliento en el cogote son muchas almas, chico.

El fuerte y rubio delantero polaco del equipo local se quedaba ya solo delante del portero en lo que técnicamente se llama "ocasión manifiesta de gol" cuando el peluquero -más joven, más delgado, de negro y estaridísimo- levantó el banderín. El público enloqueció y el equipo local rodeó al árbitro en protesta por lo que parecía a todas luces una injusticia. El equipo visitante se unió a la discusión y aumentó la confusión en el campo. Más tarde, las repeticiones en televisión darían la razón a los asistentes del estadio que, cada vez más enfadados, empezaron a cargar contra el árbitro con cánticos ofensivos e insultantes dirigidos no solamente hacia él, sino también a algunos miembros de su familia y a su compañeros de la banda.

- Te lo digo de verdad, chico, la arquitectura de ese estadio, una grada tan vertical, tan encima del juego, mete mucha presión, más de la que puedas imaginar.

El peluquero dejó de cortar el pelo al chico y, mirando al techo, trataba de rescatar las imágenes que tenía guardadas en su memoria del momento en cuestión. Aseguraba que se formó una buena tangana en la que participaron varios jugadores de los dos equipos, que rodeaban al árbitro, empujándose, insultándose y algunos hasta tratando de poner calma.

El chico empezó a sentirse incómodo con la historia del peluquero. No es que fuera un forofo de su equipo, pero no le gustaba que hablase así del público que acudía al estadio de su equipo. De alguna manera se dio por aludido, aunque se paraba a pensarlo y se decía: "qué tontería, qué más te da". De hecho, no podía soportar a los ultras y ahora no iba a comportarse de ese modo. "¿Cómo se puede ser tanto de algo?", le decía siempre su abuelo en el estadio, intentando que su ejemplo de persona serena, educada, calmada, hiciera mella en la personalidad del chico desde pequeño. El abuelo siempre había pensado que si él se comportaba correctamente, su nieto también lo haría. Por eso criticaba siempre al oído del chico los aspavientos de aquellos hombres fanáticos que, con un puro entre sus labios y muchas veces vestidos de chaqueta y corbata, eran capaces de gritar exaltados las mayores salvajadas.

Al recordar a su abuelo y aquella frase ("¿Cómo se puede ser tanto de algo?"), imaginó que meses después le contaría en el descanso de un partido de su equipo en el estadio la anécdota que el peluquero le estaba narrando ahora. Lo haría como algo divertido.

- Imagínate, un peluquero que fue linier hace veinte años, quizás lo llegaste a ver en acción, abuelo.

El abuelo le diría que ese tío era un mentiroso. Este estadio siempre se ha comportado con señorío y respeto ante las decisiones arbitrales, no me creo que haya una percepción generalizada en los árbitros en que este campo sea especialmente dado a meter más presión que otros. ¿Qué hay de los grandes?, ¿esos no meten presión?. Sabes que siempre he criticado a los exaltados y nunca me han divertido los cánticos insultantes, pero también es verdad que han sido una minoría. Qué barbaridad, un linier transformado en peluquero argumentando que aquí se intenta poner nervioso a un juez de línea, esto es lo que faltaba. Ya veo yo qué tiene que ver un linier y un peluquero, dar por culo, todos iguales, amariconados.

Segundos más tarde, cuando el peluquero ya había caído en redondo sobre el césped y aún seguían discutiendo árbitro y jugadores de ambos bandos (al mismo tiempo que la grada chillaba hasta más no poder), pudo abrir los ojos y, aún aturdido por el golpe, leyó a ras de suelo la etiqueta del botellín que le habían lanzado desde la grada que ponía en letras rojas: Cruzcampo.

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