martes, 2 de septiembre de 2008

Aeropuertos

Odio los aeropuertos. La previsión. Las prisas. Los nervios. Los retrasos. Las esperas. Las medidas de seguridad. Los controles de seguridad (dos veces, porque nunca hay un solo control). Los pasillos infinitos. La autoidentificación constante. Las escaleras mecánicas. Esa sensación de estar siempre en el mismo lugar, ya sea en Miami, Santiago de Chile o Berlín. Todos iguales y todos repletos de personas sin cara que van de un lado a otro o que ocupan las salas de espera antes del próximo embarque que les corresponda. Piensa en esos segundos durante la maniobra del despegue en que sabes que todo va a terminar, que se acerca el fin de tus días. Lo constreñido del asiento del aeroplano. La sensación de dolor interminable en los oídos durante los minutos que transcurren entre el descenso y la toma de tierra. El estúpido -y en el fondo desconfiado y agradecido al mismo tiempo- aplauso de los pasajeros al aterrizar. Me dan ganas de volver a casa nada más bajarme del taxi en la terminal de salidas.

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Salgo de casa lo justo y necesario, siempre de incógnito. Las razones fundamentales las podeis imaginar. La primera y la más importante es que mi trabajo de investigador no me permite llamar la atención. Debo pasar lo más desapercibido posible cuando estoy tras la pista de alguien, o de algo. La segunda -e íntimamente relacionada con la primera- es que en ciertas ocasiones mi adicción al autocanibalismo hace mella en zonas de mi cuerpo que son difíciles de ocultar a los ojos de los demás. Cuando eso ocurre, uso vendas para que la carne (que si bien no está sangrando, es cierto que está muy roja y arrugada) no se pueda ver. Aunque puede resultar una tarea pesada para otros (vendarse, por ejemplo, la cara o un brazo), yo lo asumo como otros llevan lentes de contacto o dentadura postiza. No es algo que ocasione un trastorno a mi día a día. En cierto modo me veo atractivo. Lo confieso. Aunque no puedo negar que hay otras veces que llamo demasiado la atención, cosa que no viene bien ni a mi rabajo ni a mi carácter. Odio llamar la atención. Hace unas semanas oí a un niño pequeño decir a su padre que había visto al hombre invisible. Logré esconderme detrás de una columna después de ver que el crío se me quedaba embobado y llamaba a gritos a su padre. Hubiese sido fatal porque precisamente estaba siguiendo a aquel hombre por un asunto turbio y aunque en el aeropuerto parecía un padre ejemplar e inofensivo, era un tipo bastante peligroso.

Si tras un día en el que me he pasado devorando alguna parte vistosa de mi cuerpo coincide con que me sale un caso como el de estos días (en el que me veo obligado a volar a otras ciudades en busca de algunas pistas cruciales para la investigación) es horrible tener que someterme a la estupideces de las medidas de control antes de entrar en la zona de embarque. Siempre soy precavido y deposito en las bandejas todos los elementos que -según la normativa- haya que hacer pasar por el escáner. No porto nada que no se deba según el listado (ni siquiera una catapulta o una espada láser). Dejo en la bandeja gafas, llaves, monedas, cinturón, sombrero, americana y zapatos. Saco del maletín el ordenador portátil para separarlo del resto de cosas y pasarlo con otra bandeja por el escáner. Consigo cruzar el detector de metales sin que pite la máquina y, aún así, se me acerca un guardia civil y me dice que me quite las vendas mientras espero a que venga una persona de una empresa de seguridad privada a cachearme. Trato de que entre en razón y le explico educadamente que preferiría no tener que pasar por eso. Efectivamente, no entra en razón. En los segundos que tardamos en discutir la cuestión de las vendas, llega la seguridad privada, una chica de mi edad, muy guapa. Por una parte me anima pensar que va a cachearme una chica guapa, que no es tan grave, que deje de discutir con el guardia civil. Pero por otro lado recuerdo que la noche anterior me cené el brazo mientras veía el fútbol. El brazo, desde el hombro hasta la punta de los dedos, lo tengo al rojo vivo. No ya solamente por los mordiscos que me di, sino sobre todo porque me hice palomitas en la segunda parte, las puse en un bol y le eché sal. El escozor, el picor, la carne cada vez más roja. Delante de la mujer me empiezo a quitar las vendas (lo hago con rapidez porque al final llegaré tarde al vuelo con tanta tontería) y veo que las caras de guardia civil y seguridad privada empiezan a ponerse cada vez más blancas mientras veo que mi brazo está realmente mal, ayer me pasé de la raya, pienso. Se desmayan. Aprovecho que nadie más nos ve, cojo mis cosas y me marcho hacia la puerta de embarque. El resto de agentes está pendiente de cachear a un grupo rock del que desconfían por sus melenas y chupas de cuero y la máquina no deja de pitar desde hace 25 segundos, desde que empezó a detectar los diecisiete piercings que un chico lleva repartidos por el cuerpo, que se empieza a quitar poco a poco y la cola que le precede empieza a ser cada vez más larga. Me da la sensación de que la máquina se va a pegar pitando los próximos 25 años hasta que el chico se desmetalice. Cada cual con su paranoia, pienso.

Los nervios me hacen salir entre trote y galope por un pasillo larguísimo, subo de nivel cuatro veces por distintas escaleras mecánicas, me pierdo dos veces (este aeropuerto parece el mismo que el de la semana pasada, pero no lo es). Encuentro la puerta de embarque, estaban a punto de decir mi nombre por los altavoces, última llamada. Al final tendremos que esperar en la pista de despegue porque hay una especie de caravana de aviones por delante que retrasa el vuelo más de media hora. Ya he entrado en la dinámica del aeropuerto, he hecho todo lo que se suponía que debía hacer. Odio los aeropuertos. Espero que el caso merezca la pena y saque jugo a este viaje.

sábado, 30 de agosto de 2008

Ser tanto de algo

Una vez escribí un relato sobre un chico que iba a una peluquería. No era la peluquería a la que solía ir porque no estaba en su ciudad. Era una peluquería cualquiera, de una ciudad cualquiera. Así que allí estaba él con un señor que no conocía de nada que le cortaba el pelo y le contaba que había sido linier de fútbol en primera división hacía no sabía cuántos años. El chico se lo imaginó más joven, más delgado (ahora tendría como sesenta años y estaba bien orondo) y con un banderín entre las manos en vez de peine y tijeras. De negro y estiradísimo, se divirtió pensando cómo puede terminar un linier de primera división trabajando de peluquero. Trató de conectar las profesiones, pero por más que pudo le fue imposible relacionarlas. Un peluquero y un linier no tienen nada que ver. Ni siquiera para las mentes más perversas capaces de todo.

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Por el acento del chico al hablar, el peluquero notó que era del sur. Hablaron de fútbol. Hablaron del equipo de la ciudad del chico. ¿Te gusta el fútbol?, le preguntó el peluquero. Sí, bastante; mira, precisamente soy aficionado del equipo de mi ciudad. El peluquero habló entonces de sus visitas como juez de línea al estadio donde jugaba ese equipo, al mismo estadio al que el chico había ido acompañado por su abuelo cada dos domingos durante muchas temporadas desde hacía muchos años. El peluquero tenía una memoria prodigiosa, señaló infinidad de detalles referentes al equipo y su entorno que dejaron al chico con la boca abierta: jugadores y entrenadores que sonaban míticos, en qué barrio se situaba el campo de juego, los títulos que había conseguido desde tiempos inmemoriales y todo eso. El chico se sentía muy a gusto y escuchaba atentamente al peluquero mientras le cortaba el pelo en una ciudad lejana a la suya, mucho más fría y donde seguro que apenas una o dos personas habrían visitado alguna vez el estadio al que él iba con tanta frecuencia. La charla le hacía sentir bien.

Continuaron hablando de fútbol y del equipo preferido del chico. El peluquero aludió en mitad de la conversación a la presión que, según su experiencia como árbitro asistente, se sometía a los árbitros en ese estadio. Contaba que era una presión excepcional, inusitada en otros estadios y muy molesta. El peluquero le contó al chico una anécdota que le ocurrió en aquel estadio. Recordó que hacía muchos años, en el transcurso de un partido, levantó el banderín señalando fuera de juego en una jugada de ataque del equipo local. La masa enfureció ante la decisión del árbitro de cortar el juego en ese momento tan cercano a lo que sería el 1-0 (pasado ya el minuto ochenta de partido).

- Cincuentamil almas gritando y echándote el aliento en el cogote son muchas almas, chico.

El fuerte y rubio delantero polaco del equipo local se quedaba ya solo delante del portero en lo que técnicamente se llama "ocasión manifiesta de gol" cuando el peluquero -más joven, más delgado, de negro y estaridísimo- levantó el banderín. El público enloqueció y el equipo local rodeó al árbitro en protesta por lo que parecía a todas luces una injusticia. El equipo visitante se unió a la discusión y aumentó la confusión en el campo. Más tarde, las repeticiones en televisión darían la razón a los asistentes del estadio que, cada vez más enfadados, empezaron a cargar contra el árbitro con cánticos ofensivos e insultantes dirigidos no solamente hacia él, sino también a algunos miembros de su familia y a su compañeros de la banda.

- Te lo digo de verdad, chico, la arquitectura de ese estadio, una grada tan vertical, tan encima del juego, mete mucha presión, más de la que puedas imaginar.

El peluquero dejó de cortar el pelo al chico y, mirando al techo, trataba de rescatar las imágenes que tenía guardadas en su memoria del momento en cuestión. Aseguraba que se formó una buena tangana en la que participaron varios jugadores de los dos equipos, que rodeaban al árbitro, empujándose, insultándose y algunos hasta tratando de poner calma.

El chico empezó a sentirse incómodo con la historia del peluquero. No es que fuera un forofo de su equipo, pero no le gustaba que hablase así del público que acudía al estadio de su equipo. De alguna manera se dio por aludido, aunque se paraba a pensarlo y se decía: "qué tontería, qué más te da". De hecho, no podía soportar a los ultras y ahora no iba a comportarse de ese modo. "¿Cómo se puede ser tanto de algo?", le decía siempre su abuelo en el estadio, intentando que su ejemplo de persona serena, educada, calmada, hiciera mella en la personalidad del chico desde pequeño. El abuelo siempre había pensado que si él se comportaba correctamente, su nieto también lo haría. Por eso criticaba siempre al oído del chico los aspavientos de aquellos hombres fanáticos que, con un puro entre sus labios y muchas veces vestidos de chaqueta y corbata, eran capaces de gritar exaltados las mayores salvajadas.

Al recordar a su abuelo y aquella frase ("¿Cómo se puede ser tanto de algo?"), imaginó que meses después le contaría en el descanso de un partido de su equipo en el estadio la anécdota que el peluquero le estaba narrando ahora. Lo haría como algo divertido.

- Imagínate, un peluquero que fue linier hace veinte años, quizás lo llegaste a ver en acción, abuelo.

El abuelo le diría que ese tío era un mentiroso. Este estadio siempre se ha comportado con señorío y respeto ante las decisiones arbitrales, no me creo que haya una percepción generalizada en los árbitros en que este campo sea especialmente dado a meter más presión que otros. ¿Qué hay de los grandes?, ¿esos no meten presión?. Sabes que siempre he criticado a los exaltados y nunca me han divertido los cánticos insultantes, pero también es verdad que han sido una minoría. Qué barbaridad, un linier transformado en peluquero argumentando que aquí se intenta poner nervioso a un juez de línea, esto es lo que faltaba. Ya veo yo qué tiene que ver un linier y un peluquero, dar por culo, todos iguales, amariconados.

Segundos más tarde, cuando el peluquero ya había caído en redondo sobre el césped y aún seguían discutiendo árbitro y jugadores de ambos bandos (al mismo tiempo que la grada chillaba hasta más no poder), pudo abrir los ojos y, aún aturdido por el golpe, leyó a ras de suelo la etiqueta del botellín que le habían lanzado desde la grada que ponía en letras rojas: Cruzcampo.

lunes, 18 de agosto de 2008

Un hombre que se despellejaba a sí mismo

En mitad de la noche me he despertado sobresaltado por la imagen de un hombre que se comía a sí mismo. Miento. Matizo. Un hombre que se despellejaba a sí mismo. Bailaba sobre un escenario a modo de stripper y, cuando ya no le quedaba ropa de la que despojarse, se deshacía poco a poco de la piel hasta quedar realmente desnudo. Imagino que muchos de vosotros ya tendreis en la cabeza el videoclip de Robbie Williams, Rock DJ, y aunque no ha sido exactamente la imagen de ese vídeo la que me ha recorrido la mente esta noche mientras dormía, puede servir para ilustrar lo que he visto en sueños.

He sentido una mezcla entre asco y pavor. Sobre todo en la última parte, en la que va más allá de la piel y se arranca incluso los músculos. Personalmente, pienso que esa parte del vídeo sobra, es de mal gusto. Seguramente en su momento buscaba el morbo o la polémica. Como no podía volver a conciliar el sueño, me he levantado de la cama y he recorrido el corto pasillo de mi apartamento hasta llegar a la cocina, que tiene una barra americana de esas que dan al salón, todo en uno. Me he servido un vaso de leche y al salir de la cocina para sentarme en el sofá del salón me he cruzado de frente con mi imagen reflejada en un espejo que tengo sobre la pared.

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He sentido una mezcla entre asco y pavor. Hacía tiempo que no me miraba al espejo sin las vendas (al menos en las partes de mi cuerpo que tengo más afectadas por mi último ataque de auto-canibalismo) y me he dado cuenta de que tengo que cuidarme más. He de reconocer que el contraste entre el blanco de la leche con el rojo de mi carne, desprovista en muchas partes de piel, impacta a cualquier hijo de vecino.

La leche no me ha ayudado a recuperar el sueño. He llamado a Pol. Es uno de mis mejores amigos, uno de los pocos que sería capaz de coger a estas horas el teléfono, escuchar mi falta de autoestima provocada por la imagen que acabo de ver en el espejo -pero que bien sé que va mucho más allá, como por ejemplo la falta de inspiración creativa- y después animarme y aconsejarme para volver a la cama y despertarme con la sensación de que hoy puede ser un gran día.

sábado, 9 de agosto de 2008

Mis inicios en el arte de la autofagia

No sabría recordar bien de cuándo me viene esta adicción a la autofagia. Imagino que cambié la teta por el chupete y luego pasé directamente a la manía de comerme las uñas y los pellejos de los dedos de manos y pies. Recuerdo probar -por la misma época- el interior de los carrillos un día que observé a un compañero de clase en el colegio que hacía el gesto de morderse esa parte carnosa de la cara, una suerte de mohín que más tarde entendí que formaba parte de la concentración necesaria para hacerse una buena faena. Otro día -no me acuerdo a causa de qué- noté que me salieron una especie de callos en las manos, mordisqueé uno y tiré del pellejito con la curiosidad de un explorador. Aquella fue la primera vez que me di cuenta de que tirar de un pellejo sin control no sirve de nada. Si no sabes bien lo que te estás haciendo, puedes provocarte bastante daño y la herida tarda en recuperarse una media de 36 horas, depende de lo brusco que haya sido el tirón. A veces, se puede complicar el asunto si surge alguna infección, pero mi historial dice que no es algo común.

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A medida que fui creciendo, los retos eran más importantes y difíciles para mi. Ya no me conformaba con morderme las extremidades y aprendí a dominar el arte del despelleje sin hacerme mal. Es cierto que al principio las láminas de piel era más gruesas de lo deseado, mi cuerpo tornaba a un color encendido y la piel tendía a arrugarse. Pero después de varios años de práctica, tenía aprendidas una serie de técnicas muy depuradas con las que conseguí probar todas las partes de mi cuerpo que alcanzaba mi boca sin riesgo alguno para mi salud.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces y la experiencia me ha reportado muchos trucos para sobrellevar bastante bien mi adicción al auto-canibalismo. Utilizo -por ejemplo- la técnica del barbecho, como divertidamente me gusta llamarla. Si veo que he abusado del mordisqueo por alguna parte de mi cuerpo, no la trabajo en varios días con el objetivo de dar tiempo a que se recupere el organismo, concentrándome en otros lugares. A veces, en situaciones de emergencia (sobre todo hace años, cuando era más inexperto), dejaba pasar varias semanas sin comerme o despellejarme la zona dañada. Iré contando más adelante las razones por las que cuando salgo a la calle me envuelvo en tules y gasas, sin entrar en detalles que pudieran resultar desagradables ni otras cuestiones que debo reservarme por lo delicado de mi trabajo como investigador. Adelanto que los tules y las gasas no sólo mitigan el escozor de la piel, sino que me ayudan a pasar desapercibido en mis averiguaciones.

Si bien es cierto que mi patología es excepcional, no veo mi problema muy alejado de otras adicciones como el tabaco, el juego, la bebida o la cleptomanía. Definirme como auto-caníbal quizá sea un poco exagerado y dé lugar a confusiones. Por lo general, la gente tiene un concepto del canibalismo bastante negativo.

Prefiero presentarme como escritor. Lo de la investigación privada es una ocupación pasajera, alimenticia. Por el momento, la literatura no me da de comer y los pellejos no alimentan lo necesario. Y al fin y al cabo, ser investigador privado me provee de muchas historias que luego tengo la opción de ficcionar en mis relatos sin aludir a los protagonistas reales.

Comienza aquí mi diario personal, un diario que en un alarde de genialidad -y delicada autorreferencialidad- he llamado "El hombre que se comía a sí mismo".